Freud todavía nos incomoda: sobre el método psicoanalítico y el mito de la verdad oculta.
Pretender responder completamente a estas preguntas resulta imposible en un texto breve como este. Aun así, vale la pena señalar que muchos autores contemporáneos ya han desarrollado estas cuestiones desde una lectura crítica y actualizada de Freud. Solo por nombrar algunos: Carlos Nemirovsky, Hugo Bleichmar, Silvia Bleichmar o el mismo Lacan.
Este escrito se propone entonces únicamente puntualizar ciertos aspectos que merecen ser replanteados del método psicoanalítico en su versión clásica, específicamente en lo que respecta a la sugestión y a la noción de resistencia. Para ello me valdré del texto “El método psicoanalítico” de Freud, en la edición de Amorrortu de sus Obras Completas. Este texto fue diseñado para dar cuenta de las variaciones que, hasta ese entonces (alrededor de 1915), había tenido el método psicoanalítico desde sus inicios.
La génesis de la terapia psicoanalítica y su distanciamiento de la hipnosis
La terapia psicoanalítica proviene del método catártico. Este último pretendía eliminar los síntomas poniendo al paciente en estado de hipnosis, aprovechando los efectos de ampliación de conciencia para acceder a recuerdos y afectos reprimidos, previos a la formación del síntoma. Freud y Breuer explicaban la eficacia del procedimiento catártico mediante el concepto de abreacción: es decir, cuando el paciente hablaba de su padecimiento, liberaba parte de los afectos contenidos, lo cual producía cierto alivio sintomático. Sin embargo, pronto descubrieron que los casos reales no obedecían a un esquema tan simple, y que en la génesis de los síntomas participaban múltiples traumas consecutivos, difíciles de abarcar.
Desde sus textos prepsicoanalíticos, Freud ya mostraba una mirada crítica sobre la hipnosis como método curativo. Ponía en duda su alcance limitado —especialmente en pacientes no hipnotizables— y la corta duración de sus efectos. Desde los inicios, parece haber un Freud empeñado en construir un método singular, más riguroso y acorde a una comprensión profunda del psiquismo. De allí su deseo no solo de abandonar la hipnosis, sino también de dejar atrás la sugestión.
Para comprender qué se entendía por sugestión en aquella época, debe contextualizarse el tipo de tratamiento que se aplicaba entonces: un paciente aquejado de síntomas se recostaba en un sillón, mientras el médico posaba su mano sobre su cabeza y emitía frases tranquilizantes con la intención de inducir el trance. A partir de allí, el médico emitía una orden, con la esperanza de que el paciente obedeciera. Así, el terapeuta hacía uso de su prestigio y autoridad para imponer la eliminación del síntoma.
Posteriormente, se dijo que el método catártico eliminó este acto sugestivo. ¿Por qué? Porque la sugestión implicaba una intervención directa, prohibitiva o instigadora por parte del médico. El método catártico, en cambio, ofrecía una vía libre para la abreacción emocional, suponiendo que por la intervención de ciertos mecanismos psíquicos el síntoma desaparecería por sí solo. No obstante, el procedimiento seguía dependiendo de la hipnosis, algo que Freud terminaría por descartar para desarrollar una técnica que pudiera aplicarse incluso a pacientes no hipnotizables. Así se describía en ese entonces su nuevo método:
“He aquí el modo en que hoy trata a sus enfermos: sin ejercer sobre ellos ninguna influencia de otra índole, los invita a tenderse cómodamente de espaldas sobre un sofá, mientras él, sustraído a su vista, toma asiento en una silla situada detrás. Tampoco les pide que cierren los ojos, y evita todo contacto y cualquier otro procedimiento que pudiera recordar a la hipnosis. Una sesión de esta clase transcurre como una conversación entre dos personas igualmente alertas, a una de las cuales se le ahorra todo esfuerzo muscular y toda impresión sensorial que pudiera distraerla y no dejarle concentrar su atención sobre su propia actividad anímica” (p. 238).
Al eliminar la sugestión y la hipnosis, el método psicoanalítico se encuentra ante un vacío: ¿cómo acceder al inconsciente? La solución aparece en los deslices, las amnesias y otras manifestaciones que Freud interpreta como productos de la represión. De allí surge la regla fundamental de la asociación libre, así como la noción de resistencia, entendida como un impedimento para acceder a lo reprimido, dado que la memoria original estaría desfigurada.
Pero cabe preguntarse: ¿es cierto que la sugestión ha sido erradicada del todo, y que ahora basta con dar vía libre a las ocurrencias para que el inconsciente se exprese y llegue a la conciencia?
Lo paradójico de la sugestión
Es imposible no sugestionar. Incluso cuando se hacen todos los esfuerzos posibles por evitarlo, la sugestión persiste. De hecho, cuanto más se intenta suprimirla, más aparece, aunque no como un retorno de lo reprimido, sino como una condición estructural del vínculo. Ya sea de forma implícita o explícita, la sugestión está siempre presente.
Aquí me gusta recordar uno de los principios fundamentales de la comunicación, formulado por Paul Watzlawick en Teoría de la comunicación humana: es imposible no comunicar. Todo comunica: el silencio, lo no dicho, lo aparentemente vacío o lo no verbal. Incluso el intento de no decir nada ya transmite un mensaje. Y todo mensaje, inevitablemente, influye.
Cuando el analista le explica al paciente la regla de asociación libre, o incluso cuando se abstiene de hacerlo pero espera que el paciente "descubra" por sí mismo la dinámica del espacio, ya está comunicando algo: expectativas, sentido, intención. En resumen: toda interacción —dentro o fuera del consultorio— es comunicativa y, por ende, sugestiva.
Aceptar la imposibilidad de no comunicar implica también aceptar que no es posible no sugestionar. Esto pone en cuestión la base fundacional del método psicoanalítico como intento de evitar la sugestión. No implica su eliminación, sino la necesidad de reformular sus fundamentos clínicos. El método psicoanalítico ha sido siempre sugestivo, incluso cuando lo ha negado.
Buscar nuevas formas de evitar esta paradoja puede llevar a extremos absurdos: pintar el consultorio de blanco “neutro”, guardar largos silencios pretendidamente puros, o promover una abstinencia que no solo es poco realista, sino también desconsiderada con el sufrimiento de quienes nos consultan. Tal vez la salida sea otra: aceptar este principio estructural y asumirlo dentro de la teoría y la práctica.
Afortunadamente, ya contamos con desarrollos en esta dirección, como el psicoanálisis relacional o los planteamientos de Lacan sobre el deseo del analista, que reconocen el lugar de la subjetividad del terapeuta dentro del dispositivo.
Sobre el concepto de resistencia
Entre hipnotizador e hipnotizado se establecía lo que Freud llamó rapport: una relación de poder y obediencia. En ese estado, el hipnotizado solo escucha la voz de quien lo induce al trance, y responde a sus demandas según su grado de sugestionabilidad. Pero no todas las personas pueden ser hipnotizadas, ni todas las órdenes son cumplidas. Por ejemplo, difícilmente una mujer acceda a desnudarse o un hombre honrado a robar. Del mismo modo, pedirle a alguien que abandone su enfermedad psíquica resulta especialmente complejo, porque el síntoma está ligado a fuerzas internas de gran intensidad.
En esa relación entre hipnotizador e hipnotizado —más tarde reformulada como analista y paciente— surgen los primeros indicios del concepto de resistencia. Abandonar el síntoma supone un costo emocional, no siempre fácil de asumir. Pero esta definición inicial nos lleva a una pregunta clave: ¿a qué se resiste el paciente?
En la lectura clásica, las amnesias son interpretadas como productos de la resistencia: el sujeto se niega a recordar una realidad objetiva registrada, una verdad fáctica que luego fue reprimida. El procedimiento clínico entonces era casi detectivesco: el analista, como un Hércules Poirot del inconsciente, debía reconstruir el sentido original del síntoma mediante las asociaciones del paciente.
Pero en el siglo XXI, tras las rupturas del paradigma científico clásico, es insostenible creer en una verdad única y oculta. La posmodernidad ha criticado duramente esa concepción y nos ha llevado a pensar en verdades múltiples. Las memorias emocionales ya no se entienden como huellas distorsionadas de un hecho real, sino como configuraciones narrativas que sostienen la identidad del sujeto en el presente.
Así, el encuentro analítico ya no se concibe como una excavación arqueológica en busca de una huella perdida, sino como un intercambio de subjetividades. Y si es así, ¿dónde queda la noción de resistencia? ¿A qué se resiste el paciente, si ya no hay una verdad oculta a la cual retornar?
Tal vez hoy podamos pensar que el paciente se resiste al saber del analista, o a los significados que lo interpretan sin su participación. O incluso, que se resiste a entrar en un acuerdo de sentido preestablecido, a un consenso implícito de verdad que sostiene el vínculo analítico.
