Breve historia de la Psicoterapia




Breve recorrido desde el cuerpo hasta el alma

Una pequeña búsqueda etimológica puede ser un buen punto de partida. El término terapia proviene del griego therapeia, cuyo significado abarca acciones como tratar, cuidar, atender o aliviar. Se trata de una palabra polisémica, empleada en múltiples ámbitos según el tipo de malestar y el método de intervención. Por ejemplo, la terapia ocupacional aborda el sufrimiento físico o emocional a través de ejercicios, rutinas o trabajos; la terapia física se dirige directamente al cuerpo material. A partir de esto, podemos deducir que la psico-terapia sería un tratamiento dirigido a eso que denominamos psique o psiquismo.

Pero ¿qué es la psique? ¿Y qué entendemos cuando hablamos de un tratamiento para ella?


La ambigüedad del término “psique”

En realidad, sabemos poco sobre el psiquismo. Algunos pueden remitirse a su definición clásica como “alma” o “mente”, mientras que otros, incluso psicólogos formados, pueden dejar el término de lado dependiendo del marco teórico desde el cual trabajan. Ciertas corrientes conductistas, por ejemplo, evitan la noción de “psique” por considerarla no operacionalizable.

Por otra parte, hay perspectivas psicológicas que buscan superar la tradicional escisión entre mente y cuerpo, comprendiendo que estas dimensiones no pueden tratarse como entidades separadas. Aún no existe un consenso explícito sobre qué es la “psique”, aunque sí se reconoce que hay malestares humanos que no pueden reducirse únicamente a lo físico: sufrimientos que se nombran como “malestar emocional”, “conflicto mental”, “disonancia cognitiva”, entre otros términos afines.


¿A quién se recurre cuando duele el alma?

Cuando una persona percibe que su padecimiento va más allá del cuerpo, busca otra instancia de comprensión. En otros tiempos —y aún hoy en ciertas culturas— eran los sacerdotes, monjes u oráculos quienes ofrecían alivio a quienes sufrían del alma. El tratamiento se ajustaba a los marcos simbólicos de la época: oraciones, meditaciones, estados de trance o profecías.

Con el auge del paradigma científico y la razón instrumental, el médico fue ganando un lugar predominante. Algunas personas comenzaron a acudir a la consulta médica en lugar del templo, aunque el manejo del malestar emocional no siempre fue más humanizado. Sacerdotes y médicos, cada uno desde su campo, incurrieron en excesos: desde exorcismos dolorosos hasta intervenciones quirúrgicas inadecuadas, que pretendían curar el alma extrayendo partes del cuerpo o del cerebro, con el escaso conocimiento de entonces. Así, los llamados “enfermos mentales” eran encerrados en instituciones psiquiátricas sin tratamiento ni escucha real.


La palabra como cura

No fue sino hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando surgió una nueva forma de abordar el sufrimiento emocional. Josef Breuer, junto a un joven Sigmund Freud, sentó las bases de la moderna psicoterapia en el texto Estudios sobre la histeria. Allí relataron diversos casos tratados mediante hipnosis, pero uno de ellos —el de la paciente Anna O.— fue particularmente decisivo. Junto a Breuer, ella desarrolló una modalidad que bautizó como talking cure (cura por la palabra), en la que hablar era el medio para aliviar el sufrimiento.

Sobre esta relación entre paciente y terapeuta, cuento una anécdota interesante en la entrada: La cura por amor: Breve reflexión sobre el vínculo terapéutico y su erotización. Vale también aclarar que la hipnosis era una práctica anterior al surgimiento de la psicoterapia, empleada cuando el paradigma médico no ofrecía respuestas satisfactorias. Sin embargo, sus efectos eran poco duraderos, y no todos los pacientes respondían igual. Hoy en día, aunque ha sido desplazada, la hipnosis cuenta con desarrollos contemporáneos, especialmente a partir del trabajo de Milton Erickson.


Un paradigma reciente

La escena que hoy damos por sentada —una persona hablando con otra en un consultorio, frente a frente o en diván, por semanas, meses o años— es en realidad bastante reciente. Surgió apenas a comienzos del siglo XX, y desde entonces ha tomado múltiples formas.

La psicoterapia es hija de su tiempo, pero también puede ser una forma de resistencia frente a la deshumanización del sufrimiento. No necesariamente por su marco teórico o por las técnicas que emplea, sino por la pretensión misma que guarda: la de escuchar, cuidar o acompañar a otro en su malestar.

Ese gesto, en apariencia simple, no debe entenderse como una labor pasiva o meramente presencial. Por el contrario, implica un acto ético, comprometido, que puede marcar una diferencia profunda en la vida de quien padece. Allí donde otros dispositivos sociales tienden a silenciar, acelerar o medicar el dolor, la psicoterapia apuesta por detenerse, por escuchar y por dar lugar.



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