"El vivo vive del bobo" o de cómo lo cotidiano reproduce la desigualdad.
Una escena cotidiana para pensar.
Como es mi costumbre, suelo encontrarme con escenas paradigmáticas —e incluso cómicas— en los cafés que frecuento. En una de estas ocasiones, perdí mi mirada en el interjuego de una familia.
La trama era sencilla: la visita de una tía que, para las significaciones particulares de ese entorno familiar, representaba a alguien con mejores recursos económicos. La escena retrataba los vericuetos de dos infantes que intentaban aprovechar algo del “manjar de riqueza” que esta mujer ofrecía. La abuela era la adulta responsable de los niños, aunque debo advertir cierto grado de ambigüedad y flaqueza en su modo de intervenir en la interacción. Ya la petición inicial de pedirle a la tía un dulce para compartir estaba cargada de sentimientos contradictorios.
Mientras los niños pedían, la abuela atinaba a exclamar —en un tono humorístico pero también contundente—: “¡Estos chicos son unos mecateros! ¿No les da pena pedir?” Todo esto mientras ella misma no vacilaba en cargar una grande y rica bomba cubierta de coco, lista para comer. Concluida la primera vuelta, el niño no demoró en pedirle a su tía un jugo grande, desproporcionado para su tamaño. La tía lo remitió a su autoridad: la abuela.
Esta, nuevamente entre el humor y la moralización, respondió: “¿Y no le da pena pedirle a su tía? ¿Acaso no le da pena hacerlo?” Para, acto seguido, aceptar el comportamiento. Entonces se dio una situación particular de desigualdad en la mesa: las dos adultas estaban saciadas; el niño, feliz con su inmenso jugo, lo tomaba sin vacilación.
La niña, en cambio, no parecía llena. Parecía sedienta. Al parecer, el niño le había ofrecido un poco de su jugo por indicación de los adultos, pero la niña vaciló. Este titubeo fue interpretado como una negativa. No obstante, al ver el exceso del niño —que se jactaba de su inmenso jugo—, la niña insistió en pedir que le fuera compartido.
En ese momento, la interacción se tornó hostil. La tía no hizo nada. La abuela tampoco, pero reprochó a la niña el haber vacilado con antelación. El niño, entonces, bebió aún más rápido, frente a los ojos ahora lagrimeantes de una niña sedienta, que exclamaba su deseo de que se le compartiera.
Seguramente —aunque no puedo estar dentro de sus vivencias singulares— se sentía excluida del grupo: los otros sí habían tenido una oportunidad de saciarse. Los alegatos de la niña se intensificaron. Lloró con tal vehemencia que llamó la atención de todos los presentes. Pero el clima familiar parecía minimizar el evento, como si no se dieran cuenta. O peor aún, como si consideraran que aquello era una escena menor, sin importancia.
Nadie parecía tomar conciencia de que se había cometido una injusticia en la repartición de los alimentos. El niño, por su parte, parecía cantar victorioso, exclamando que se sentía muy bien, sin que, aparentemente, se viera afectado por el llanto de la niña. Al ver esta escena, la primera frase que se me vino a la mente fue la siguiente:
“Ahora entiendo de dónde proviene ese dicho tan colombiano: el vivo vive del bobo.”
Este dicho, por su parte, reúne años de producción y reproducción de desigualdades, así como la corrupción del ámbito público y privado en sus múltiples formas. Escenas como la anterior dejan en evidencia que estas desigualdades no se gestan únicamente en las estructuras macroeconómicas, sino que se incuban desde el microcosmos relacional, en el seno de los vínculos primarios.
Análisis psicológico de la escena.
Allí, en la intimidad de lo cotidiano, los sujetos internalizan las reglas implícitas del juego, construyendo las particularidades de sus estructuras psíquicas y vivencias subjetivas. Como podemos ver, hay un interjuego plagado de ambigüedades, contradicciones e injusticias no reconocidas. Por ejemplo, la vacilación de la niña puede ser interpretada como una reproducción directa del modo vacilante y ambivalente con que la abuela —la adulta responsable— se relaciona con el deseo y el acto de pedir.
En un primer momento, la abuela parece sentir vergüenza de su propio deseo, o de la acción de solicitar algo al otro. Por ello, lo reprocha a los demás. Sin embargo, contradictoriamente, no vacila en tomar lo que desea, como si el deseo estuviera permitido únicamente cuando se disfraza de rechazo o se ejerce desde una posición de poder. La niña, por su parte, vaciló de manera análoga: se sintió avergonzada al mismo tiempo que deseaba con fuerza.
La diferencia crucial fue el lugar que ocupaba en la jerarquía familiar. A diferencia de la abuela y del niño, ella no contaba con el mismo permiso simbólico para acceder a lo deseado, por lo que fue rápidamente excluida de la posibilidad de satisfacción.
El niño, en este caso, parece ser el único que no vacila para tomar sin compartir y goza de la injusticia sin que reciba algún reproche por ello. Por el contrario, es convalidado por la viveza con la que logró aprovecharse de la situación, y la abuela, como la tía, se ven exculpadas de su responsabilidad. Mientras tanto, la víctima de la injusticia recibe —además de insatisfacción— los reproches por su vacilación y por expresar su dolor.
Reflexiones finales.
Tal vez la creciente abundancia en la que vivimos —producto del crecimiento económico y la acumulación del capital— nos lleva a pasar por alto este tipo de situaciones. Escenas como la descrita pueden parecer insignificantes, pero si los recursos fueran realmente escasos —si tomar o no tomar de una jarra de jugo implicara días de sed o incluso la muerte— la carga simbólica y ética de la escena sería imposible de ignorar.
En muchas comunidades indígenas, la repartición de alimentos no es un gesto banal, sino la base misma de su política. De ahí la importancia de crear relaciones de reciprocidad y equivalencia entre los miembros del grupo, en armonía con la naturaleza circundante. Lamentablemente —y con cierta tristeza—, no he tenido aún la oportunidad de observar con mis propios ojos este tipo de interacciones, que sin duda serían sumamente enriquecedoras para el saber.
Pero incluso desde la miopía del conocimiento moderno, podemos intuir algo fundamental: una persona en tales condiciones no sentiría vergüenza de pedir. Y esto constituye un apunte crucial si queremos cuestionarnos seriamente sobre los orígenes de la vergüenza frente al deseo, la riqueza y la petición. Y con ello, lo que algunos autores han llamado la “paradoja del privilegio”, esa que inculpa y llena de pena a quien posee todas las oportunidades para su existencia.
También considero urgente preguntarnos: ¿por qué, en medio de tanta abundancia, siguen existiendo personas sin suficiente acceso a los recursos? Y quizás nos topemos con una respuesta amarga: que la falta de acceso de ciertos grupos sociales al nicho de la riqueza y la satisfacción obedece a nuestros propios modos cotidianos de reproducir las desigualdades, en actos tan simples como comprar, consumir, vender, compartir o abstenernos de hacerlo, sin que nada de eso pase por nuestra conciencia.
