Ensayo sobre la soledad, la escasez y la abundancia.

 


Entre la escasez y la abundancia
 


Para buena parte del mundo, muchos países de la Europa central resultan una especie de paraíso terrenal que aglomera las fantasías más utópicas de las que un pueblo pueda jactarse. Mientras tanto, los países del Sur luchan contra la violencia, el terror y la opresión, intentando conquistar los mínimos básicos de su soberanía nacional. En contraste, otras naciones gozan de una vida política estable, con alta credibilidad en sus gobernantes y un funcionamiento institucional eficiente, lo que se traduce en estándares de vida elevados. En esos contextos, las preocupaciones básicas tienden a disiparse, dando paso a motivaciones más complejas.

 


Fuera de establecer comparaciones groseras que dejen de lado las dificultades precedentes de estos pueblos para alcanzar sus logros, la intención de este contraste es introducir una reflexión sobre la subjetividad cuando se ve afrontada a los extremos de la escasez y la abundancia. Por eso traigo a colación la pirámide de Maslow como punto de partida. Esta teoría establece un tipo de jerarquía de necesidades, empezando por las más básicas concernientes a la supervivencia, tales como la alimentación y el refugio, pasando por necesidades de reconocimiento social hasta las más avanzadas, que motivan hacia la autorrealización de la persona.

 


Si Freud hubiera dialogado con Maslow, probablemente habría reconocido en los cimientos de la pirámide la pulsión de autoconservación, pasando luego a las pulsiones sexuales vinculadas a la conservación de la especie y, finalmente, a las formas más elevadas de motivación, ligadas a la sublimación. Desde la perspectiva freudiana, esa jerarquización de motivos podría pensarse como un desplazamiento de energías entre el yo y el objeto, en un equilibrio siempre dinámico. Lastimosamente, por razones cronológicas, no existe registro de un encuentro tal, pero resulta sugerente imaginar sus posibles complementos.

 

 


Aun así, dudoso es concebir la naturaleza humana —si algo humano podría llamársele así— desde una figura que llama tanto a la perfección como una pirámide, o pensar que la descripción de las fuerzas que impulsan al psiquismo pueda reducirse al breve conteo de dos pulsiones y un mecanismo sublimatorio que enlaza positivamente con la cultura. Después de todo, el consultorio de un analista volaría a pedazos en medio de una guerra de trincheras, donde el único quehacer posible sería socorrer al prójimo, básicamente porque el trabajo terapéutico lleva ya presupuesto una inmensa cantidad de condiciones materiales que preparan el psiquismo para recibir sus beneficios salutíferos.

 


La inoperancia del dispositivo en condiciones agrestes no significa por necesidad que el psiquismo no tenga cabida en los mínimos de la existencia. Ya Víktor Frankl, en su libro El hombre en busca de sentido, mostró que incluso en condiciones extremas como los campos de exterminio, la subjetividad encuentra formas de subsistir: el humor, la música, los sueños, el amor. Aun cuando podría pensarse que en situaciones tan hostiles sólo queda la regresión narcisista de la libido hacia el yo, lo cierto es que el amor —aunque sea hacia una persona ausente o imaginada— se convierte en un recurso esencial para la supervivencia psíquica.

 


Es justamente aquí donde cobra sentido la advertencia freudiana: “un fuerte egoísmo preserva de enfermar, pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo”. La frase resuena con particular fuerza cuando se observa que, en países como Suiza, donde las necesidades materiales están más que garantizadas y las instituciones funcionan de manera ejemplar, miles de personas mueren de soledad. 

 

 

El país de las personas solitarias. 

 

La putrescina y la cadaverina son dos de los compuestos químicos que libera un cuerpo en descomposición. Su fétido olor puede encontrarse en los recovecos de un cementerio, una morgue o en algún apartamento suizo. La realidad es que buena parte de la población en Suiza vive sola; por eso, no es raro que, tras el paso de los años mozos, la vida se diluya poco a poco sin testigo alguno de la convalecencia, hasta que el olor del cadáver en descomposición despierta los sentidos de los vecinos. Mayor perplejidad aún genera descubrir que muchos de estos fallecimientos no ocurren por causas naturales.

 


Si bien no corresponde a los fines de este texto realizar una revisión estadística exhaustiva, resulta sencillo encontrar datos que revelan una alta prevalencia del sentimiento de soledad en la población suiza, al punto de elevarlo a la categoría de epidemia y de comparar sus efectos nocivos con los del tabaquismo.

 


El trasfondo cultural parece ser una glorificación de la independencia y la autorrealización personal por encima de otros valores comunitarios. Desde edades tempranas, la población es educada para alcanzar la mayor autonomía posible, lo cual se refleja más tarde en las decisiones vitales de la gente. Una parte importante de las mujeres, por ejemplo, decide ser madre soltera, apoyándose en un sistema de donación de esperma y fertilización in vitro altamente estandarizado y accesible. El número de divorcios crece con el paso del tiempo y cada vez es más común encontrar hombres y mujeres que eligen llevar vidas en soltería. Como consecuencia, la población se reduce de manera considerable y los prospectos demográficos son tan bajos que el Estado se ve obligado a flexibilizar sus políticas migratorias.

 

 
La soledad en el diván

 

¿Qué hacer en la clínica con la soledad? ¿Cómo entender este fenómeno? Una documentación precisa de todas las pistas que ofrece la psicología y el psicoanálisis sería inabarcable. Por ahora, propongo un diálogo entre Melanie Klein, en su texto Sobre el sentimiento de soledad, y Sigmund Freud en Introducción del narcisismo.

 


Para quienes ya se han adentrado en la obra kleiniana, la explicación que la autora brinda sobre la constitución de la mente resulta tan conocida como la fábula de Caperucita Roja. Para quienes no, puede ser más complejo, pero intentaré simplificarlo:

 


Al nacer, el bebé establece una primera relación con el pecho materno que se configura casi únicamente en términos de gratificación (cuando está presente) y frustración (cuando falta). Ante la frustración, el niño descarga su agresión contra el pecho, que en ese momento aún siente como parte de sí mismo. Poco a poco, comienza a diferenciar que el pecho no es él, que pertenece a una madre viva y sintiente. Este proceso está acompañado de intensos sentimientos de agresión, sexualidad, culpa y reparación, que constituyen los cimientos del mundo interno adulto con toda su riqueza.

 


Para ilustrar la fuerza de estas experiencias, pensemos en la primera vez que probamos un helado: esa sensación novedosa deja una huella imborrable en la memoria. Algo semejante ocurre con muchas de las “primeras veces”. Así también, el bebé construye su mente sobre esas primeras impresiones del mundo, muchas de ellas teñidas de una vivencia de perfección omnipotente. Pero, así como no es posible volver a probar un helado “como la primera vez”, tampoco es posible regresar a ese estado de gratificación total infantil. Aun así, buena parte de los seres humanos llevamos en lo profundo de nuestro corazón el anhelo de retorno a ese estado perdido.

 


De aquí podemos pasar a Narciso, figura mítica de donde Freud toma el término narcisismo. Al contemplar su reflejo en el agua, Narciso se encuentra con una imagen de sí mismo que percibe como perfección absoluta y muere en el intento de poseerla. Narciso encarna, así, una forma radical de soledad: un mundo cerrado en el que sólo caben él y su reflejo, sin lugar para el otro real.

 


Es posible que tanto Klein como Freud coincidan, cada uno a su manera, en señalar el papel del narcisismo en el sentimiento de soledad. Una soledad que aparece incluso cuando se está acompañado. En general, este fenómeno emerge cuando existe una dificultad para flexibilizar la vivencia del mundo y abrir espacio a la eterna variedad de experiencias internas y externas en las que estamos inmersos. O en términos más Freudianos, cuando esmeramos nuestas energías en nosotros mismos, sin abrir paso a los objetos del mundo. Con lo anterior, no es de extrañar entonces que en una sociedad que cultiva el individualismo, abunde la soledad. 

 


Retomo la pregunta inicial: ¿Qué hacer en la clínica con la soledad?

Me agrada pensar la psicoterapia analítica tal como lo hacen muchos post-freudianos, al compararla con la relación padres-hijo. En ese primer nicho vital, los padres cumplen una función decisiva: mostrar el mundo al niño. Y ojalá que ese mundo transmitido esté lleno de riquezas y deseos (no necesariamente materiales).

 


Cuando el ser humano se repliega en sus fantasías de omnipotencia —ya sea por mandato de la cultura del rendimiento, por las expectativas parentales o por otras circunstancias—, la labor del analista consiste en abrir grietas en ese repliegue, permitiendo que el paciente vuelva a ser permeable a las riquezas del mundo, de las cuales pueda nutrirse.

 


Finalmente, el problema de la soledad reside justamente allí: en la carencia de objetos investidos de energía que expandan el sentimiento de sí y la vivencia del mundo.







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