¿Por qué duele un duelo?
En su texto Duelo y melancolía, Freud deja al aire una pregunta cuya envergadura está al nivel de un misterio humano: ¿Por qué duele un duelo? Allí no desarrolla una respuesta esclarecedora, aunque abre un camino de reflexiones que posibilitan intentos futuros. En el presente ensayo no pretendo acertar rotundamente, sino más bien hilar ideas sin el afán de una conclusión definitiva.
Para bien preguntar
Con la evolución de las neurociencias, hemos descubierto que las heridas emocionales se procesan en los mismos circuitos interoceptivos encargados de la respuesta física al dolor. Incluso se han desarrollado tecnologías como la estimulación eléctrica intracerebral en áreas afectadas por alguna patología, cuyo efecto inmediato es el alivio temporal —al menos mientras se emiten descargas sobre esas zonas cerebrales—. Pacientes con depresiones crónicas profundas sometidos a este procedimiento afirman sentir, durante unos leves minutos, que se les quita un peso gigantesco de encima y la vida recobra color (Lisa Feldman, La vida secreta del cerebro). A su vez, Rodolfo Llinás, reconocido neurocientífico colombiano, ha mostrado los efectos de la estimulación eléctrica intracerebral en pacientes con Parkinson cuya rigidez psicomotora y el temblor característico de la patología mejoran drásticamente.
Sin duda, los desarrollos científicos alcanzados brindan pistas valiosas. Sin embargo, no podemos confiar del todo en ellas, sobre todo cuando la demanda de la pregunta por el por qué implica una explicación demasiado comprometedora. ¿Qué dice el médico cuando, tras el fallecimiento de un familiar, los acompañantes lo interpelan? ¿Son suficientes —o siquiera necesarias— las elaboraciones quirúrgicas y bien definidas de la medicina científica?
Es así, querido lector, como volvemos a una idea trillada por siglos: aquella que pone los límites de la ciencia en el corazón humano. De él se encargan las artes, la poesía o la religión, todas urdiembres humanas que apelan más al misterio que a las certezas. Pero si la consigna fuera la completa imposibilidad de responder a las preguntas trascendentales, ¿qué sentido tendrían entonces las ciencias del espíritu, entre ellas el psicoanálisis?
Esta es una pregunta antigua, ya abordada por autores como Dilthey o Jaspers, quienes optan por el camino de la comprensión antes que de la explicación. Al fin y al cabo, el “por qué” es el cuestionamiento más voraz y ambicioso de todos, pues nunca queda satisfecho. Es como el viudo embriagado por el dolor y el resentimiento, que no atina sino a decir: ¿Por qué a mí? Sufre entonces, pues no encuentra respuesta alguna.
La comprensión, en cambio, es menos ambiciosa. Tolera el vacío de no tener certezas, se abre paso en el bosque frondoso de la complejidad hasta llegar, muchas veces, a un punto impensable al inicio del camino. Es posible, desde esta perspectiva, que la labor del analista con un paciente en duelo consista, precisamente, en transformar las preguntas explicativas en preguntas comprensivas.
Un intento de comprensión
Entonces, ¿qué otras alternativas hay? Puede empezarse por las definiciones. Freud habla del duelo como la reacción a una pérdida. Hasta aquí podríamos darnos por bien servidos, si no fuera porque esa afirmación abre otra pregunta: ¿cuál es la naturaleza de dicha reacción?
El psicoanalista argentino Hugo Bleichmar, en Avances en psicoterapia psicoanalítica, aborda este asunto en su estudio sobre la psicopatología. Parafraseando su idea:
Definir un fenómeno solo por el efecto que lo produce no nos lleva lejos, pues describe apenas la condición para que ocurra, pero no las propiedades del fenómeno en sí. Podríamos decir, por ejemplo, que el enrojecimiento es la reacción de la piel a la acción del sol, y sin embargo seguiríamos preguntándonos: ¿qué es el enrojecimiento? Pero si lo entendemos como una dilatación vascular, entonces podemos investigar los procesos físico-químicos de la vasodilatación que la radiación solar produce.
Se advierten así dos diferencias clave entre ambas formas de comprender el fenómeno:
- La primera solo describe condiciones externas, mientras la segunda indaga propiedades internas.
- La segunda abre la posibilidad de un razonamiento más complejo, capaz de integrar múltiples dimensiones.
Desde esta óptica ampliada, el duelo aparece como un entramado de interacciones psíquicas en el que lo perdido constituye solo uno de sus elementos. La paradoja es que, aun en su ausencia, ese objeto ejerce efectos tan reales como si estuviera presente.
Freud intentó suplir esta dificultad introduciendo la noción de identificación en la comprensión del duelo. Este concepto actúa como un puente entre lo externo y lo interno, lo ausente y lo presente. Eso con lo que me identifico se vuelve parte de mí, una extensión de mi propio yo. Por lo tanto, lo que le sucede al objeto le sucede también al sujeto. Que se rompa un preciado jarrón en el hogar puede significar una debacle; que me roben un objeto valioso puede sentirse como un ataque a mi yo; perder a un ser amado es romperse el corazón en pedazos.
Pero surge entonces otra pregunta: ¿Quién rompe ese corazón? ¿Quién será ese objeto demoledor que se atreve a sobrepasar los límites de la vida y la muerte? El yo, ante la sensación de ataque y de pérdida, busca desesperadamente una explicación medianamente coherente al vacío. Y se interroga: ¿Seré acaso yo el culpable de mi desgracia? ¿Será la vida? ¿Dios? ¿O incluso el objeto perdido que se atrevió a dejarme en esta inmensidad de dolor?
La anécdota de Kisa Gotami
Tras perder a su único hijo, Kisa Gotami se vio consumida por el dolor y la desesperación. Iba de casa en casa, aferrando el cadáver, y suplicaba por algún remedio que lo devolviera a la vida.
Un anciano, viéndola desolada, la orientó hacia el Buda. Él, compasivo, le dijo: “Puedo devolverle la vida si me traes semillas de mostaza de una familia en la que nadie haya muerto.”
Ella comenzó entonces su búsqueda, pero en cada hogar hallaba la misma respuesta: siempre había habido una muerte. Finalmente, comprendió lo que el Buda quería enseñarle: la muerte es parte universal de la experiencia humana, y nadie está exento de ella.
Cuando aceptó esta verdad, pudo dejar de cargar con el cuerpo de su hijo y regresó al Buda. Al abrazar la realidad de la impermanencia, encontró consuelo y se abrió al despertar espiritual. Más adelante se convirtió en una de sus discípulas más destacadas.
