¿Cómo trabajar en terapia con personas que tienen un "carácter dificil"?

¿Qué hacer con el mal genio, sobre todo cuando la persona no logra reconocer el efecto negativo que tiene sobre los demás? ¿Qué tipo de trabajo terapéutico procede con quien padece una caracteropatía?



Abordaje terapéutico


En el post—¿Tu forma de ser está afectando tus vínculos? Una mirada clínica del carácter— hago una breve revisión del concepto de carácter y cuándo este se vuelve patológico, lo que en jerga clínica se denomina caracteropatía, y que se distingue —al menos en teoría— de los trastornos de personalidad.


A continuación, brindo herramientas prácticas a terapeutas para abordar estos casos durante el tratamiento y espero que las personas curiosas o los pacientes puedan nutrir a partir de la lectura del artículo su autoconocimiento y la comprensión que tienen sobre su malestar. 


Para una lectura dirigida a acompañantes del entorno cercano, recomiendo ir al post -Vivir con alguien de mal genio. Guía para familiares, pareja y amigos-. 


Abordaje terapéutico

Cuando una persona con una caracteropatía llega a consulta, por lo general ha atravesado una ruptura más o menos intensa en sus relaciones significativas (familia, pareja, trabajo, amistades). Ya sea por estar enfrentando un duelo o manifestar conflictos interpersonales, el motivo de consulta no reside en el rasgo en sí, sino en los efectos que este produce. Este aspecto es fundamental para orientar tanto el diagnóstico como la intervención posterior.


Nos encontramos, entonces, frente a alguien que, aun si llega a cuestionarse conscientemente su forma de actuar, no logra traducir ese cuestionamiento en modificaciones significativas. Tampoco parece experimentar culpa por el impacto que su modo de ser tiene sobre los demás. De igual forma, cuando un otro (terapeuta o figuras cercanas) señala y problematiza el rasgo, como mucho puede obtenerse una afirmación superficial del señalamiento, sin mayores consecuencias prácticas.


Lo anterior suele provocar sentimientos intensos de impotencia en los vínculos o bien juicios de valor cargados afectivamente, que se traducen en actos tales como acusaciones, confrontaciones o rupturas. El clínico que aborda estos casos se convierte, además, en recipiente de tales sentimientos, lo que no solo le permite comprender, sino experimentar vívidamente el modo en que la persona funciona en su entorno habitual.


Pero, una vez llegados a ese punto de comprensión, ¿qué hacer cuando problematizar el rasgo resulta ineficaz?


Para ello, conviene recurrir a dos factores que suelen sostener la caracteropatía: el factor traumático y el factor moral.


El factor trauma

En primer lugar, hay que considerar que quien presenta un carácter patológico probablemente ha padecido ese mismo rasgo por parte de otro significativo. Es decir, el rasgo actúa como una defensa frente a un dolor inconsciente, permitiendo que la persona se convierta en agente activo de lo que antes sufrió de forma pasiva.


La intervención, entonces, requiere una postura activa del terapeuta, quien propicia la evocación de recuerdos traumáticos subyacentes, así como los sentimientos conflictivos —pasados y presentes— asociados a haber padecido el mismo rasgo en el vínculo con otros. Al mismo tiempo, se invita al paciente a reflexionar sobre la génesis de su rasgo y los efectos que este tiene sobre los demás.


Este proceso no necesariamente genera un cambio inmediato en el comportamiento, pero sí abre una puerta importante al trabajo clínico sostenido en el tiempo. Podríamos metaforizar el trabajo con el rasgo patológico como una masa de plastilina vieja, endurecida y reseca, que requiere algo de calor y paciencia para irse flexibilizando.


El factor moral

El segundo aspecto es más sutil, pero no menos importante. El factor moral hace referencia a que una parte de la personalidad de quien padece una caracteropatía avala activamente el rasgo patológico. En otras palabras, éste forma parte de su moralidad interna, muchas veces de manera no consciente.


Por ejemplo, una mujer que se enoja de forma desproporcionada con su pareja —haya o no haya razones objetivas— puede haber internalizado una moralidad del tipo: “una mujer que no molesta, no es mujer”. O el jefe autoritario que sostiene: “si no es con mano dura, no trabajan”.


En este terreno, como ya señalé, el cuestionamiento directo resulta poco efectivo. En su lugar, suelen funcionar mejor intervenciones paradójicas con un toque de humor irónico que permitan exponer —sin confrontar— la moralidad subyacente. Así, ante el primer caso, el terapeuta podría decir en tono irónico: “Me parece bien lo que haces... cada día estás más femenina”. O al jefe autoritario: “Le estás bajando mucho... ¡Súbele o se te relajan!”.


Estas formas de intervención, bien dosificadas y ajustadas al contexto transferencial, pueden comenzar a debilitar el soporte moral que justifica el rasgo, favoreciendo un proceso de flexibilización subjetiva.


La combinación de estas dos líneas de intervención —factor trauma y factor moral—, junto con un buen timing clínico y otras consideraciones relativas a la construcción del tratamiento, permiten ir trabajando con mayor profundidad los aspectos caracterológicos rígidos, contribuyendo a que la persona pueda establecer relaciones más saludables y empáticas con su entorno.


Inspirado en las ideas del psicoanalista Ariel Wainer de su libro: Así soy yo. Teoría y clínica de las caracteropatías. 

Entradas más populares de este blog

Sentirse merecedor: un derecho, no una tarea. Una reflexión clínica desde Heinz Kohut sobre la autoestima, la cultura y el trabajo terapéutico.

Freud todavía nos incomoda: sobre el método psicoanalítico y el mito de la verdad oculta.

Vivir con alguien de mal genio. Guía para familiares, pareja y amigos.